Con la vista ya cansada, una noche más frente a mi espejo
interno, reflexionando lo que hice bien o mal desde la última vez que me vi las
entrañas. Esta vez me paro a pensar en la dichosa colateralidad de la vida,
quizá sea ella la razón de mi necesidad de independencia y soledad. Esa
necesidad imparable que se ríe de la nicotina haciendo de mi vida un ir y venir
constante de lo social al aislamiento intermitente.
Me paro a pensar en las consecuencias de mis actos, que yo
vivo a mi manera pero por mi culpa hay quien tiene que soportar el rebote de
mis balas de fogueo. Y es que yo nunca disparo a matar, yo no tengo acero que
disparar. Solo soy un amasijo de pólvora adicto a los cambios de temperatura,
que nunca se sabe en qué momento estallará.
Pienso en que, si por mí fuera, viviría en mi burbuja
personal observando la vida pasar con detenimiento y sabiendo que nunca pasará
nada malo que venga de mí, ni tenga que ver con mi persona. Una lástima que no
pueda ser así. Me ha tocado vivir en un mundo en el que los que vamos cruzando
en rojo y sin mirar hacemos que los demás se descoloquen, se estrellen, frenen,
se paren, aceleren… Pero si estás en este mundo, ¿Qué menos que dejar algo en
él? Una huella, un garabato en la puerta de algún baño público, una colilla en
una acera, un chicle bajo una mesa… Qué más da.
Así que no me queda otra que aceptar mi existencia con todo
y decirte:
Si estás aquí, que se note.
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