La noche, dulce compañera del insomnio. Ay, la noche…
Bendita adicción al silencio y la soledad ocasional. Uno de los placeres menos
valorados y más sencillos, aquí no hay luz, no hay opiniones y el tiempo se
para hasta que el sol llega con su incesante rutina. Lo confieso, soy adicto a
la oscuridad y al silencio, a mis pensamientos más retorcidos que cuando llega
el día pierden todo sentido, quizá asustados por la luz de otras personas, tal
vez tan orgullosos que huyen del rechazo de la muchedumbre o simplemente tan míos
que nunca deberán pertenecer a nadie más. La luna sabe darme la intimidad que
necesito, siempre está de espaldas, sabe que no quiero que me escuche pero igualmente
su presencia sigue ahí, empática y fiel a su recorrido solitario. Yo tampoco la
molesto, nunca fui de mirar estrellas, sé que están y prefiero no gastarlas con miradas
indiferentes. Hay detalles en la vida que es mejor saborear de cuando en
cuando, para que nuestro paladar no quede insensible a su belleza.
La noche, cobijo de mis sentimientos más íntimos, donde
puedo explotar sin ser visto, sin luz, sin ruido, sin despertar a nadie. Soy yo
el que está despierto mientras otros duermen, creyéndome egoísta por adueñarme
de ese privilegio, de poder pensar en todo y en nada mientras las horas pasan
y nadie llama al teléfono. Solo estoy yo, conmigo. Parando el tiempo en algún
lugar siempre bajo el mismo techo, el guardián de mis secretos, tan fiel y honrado
que no sé si los conoce, ni siquiera a mí me los contará jamás.